6 julio, 2016
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Nos tenemos que amigar con el fracaso


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En los últimos dieciséis años, Gallardo es el único entrenador en llegar a dos años sentado en el banco. ¿El anterior? Ramón Díaz (período 1995-2000). Una realidad que desnuda la imposibilidad de combatir la histeria colectiva y nos lleva a preguntarnos si la gestión D´Onofrio podrá sostener a Gallardo luego de otro semestre de frustraciones.

Una tarde cualquiera, en un pequeño sitio partidario, un tipo escribe un título así, un título que jamás pensaste leer y que seguro te incomoda. Una realidad que nos pasa por el costado, la miramos pero no le prestamos mucha atención. Bueno ya es momento, nos debemos un debate que permita desnudar esta forma de pensar que se instaló en el fútbol, que no aplicamos en nuestra vida, pero que determina un comportamiento como hincha y se condensa en la máxima: el segundo es el primero de los perdedores.

Entonces, ante el primer tropiezo, los dirigentes, expertos gestores del fracaso, echan al técnico de turno, y calman a las fieras, la gente, y mejoran el clima del vestuario: porque no debemos olvidar que los jugadores no son actores secundarios de este problema sino que participes voluntarios de los fracasos, por omisión o simple silencio. Pero ese es otro debate, ahora bien, ¿siempre el cambio de técnico es la única (y más barata) solución?

“Los momentos de mi vida en los que yo he crecido tienen que ver con los fracasos; los momentos de mi vida en los que yo he empeorado, tienen que ver con el éxito (…) En cualquier tarea se puede ganar o perder, lo importante es la nobleza de los recursos utilizados, eso sí es importante; lo importante es el tránsito, la dignidad con que recorrí el camino en la búsqueda del objetivo. Lo otro es cuento para vendernos una realidad que no es tal.” (Marcelo Bielsa)

River tuvo doce técnicos en los últimos diez años; si estabas buscando una explicación a todo lo que nos ha sucedido deportivamente como club ya la encontraste. También, la imposibilidad de aplicar un proyecto deportivo sostenible en el tiempo que permita alinear el trabajo de inferiores con el primer equipo, que sostenga ideales y referentes que vayan conteniendo a los más jóvenes en el natural proceso de maduración. Y en este sentido, poner siquiera en duda el trabajo de Gallardo es reaccionario y contraproducente.

El Muñeco llegó a River sin laureles. Campeón del fútbol uruguayo y con la obligación de reemplazar a Ramón Díaz, el único que cuenta con la casi total aprobación del hincha. En estos dos años como entrenador, se ganó la confianza de los jugadores con laburo, silencioso; el apoyo del hincha con resultados y el reconocimiento del fútbol en general por una forma de jugar que nos devolvió a esos buenos viejos tiempos, donde River no te permitía llegar tarde a la cancha que ya había metido un gol.

¿Tropezó?, sí; ¿se equivocó?, también; fue consciente que tras casi un año de gloria tenía que sufrir un atomización del plantel por necesidad/inoperancia dirigencial. Pero quiere seguir peleando, tiene fuerzas y convicciones. Alcanzó la meta récord de dos años como entrenador, quiere sostenerse en un fútbol histérico y es nuestra misión acompañarlo, entender que solo uno gana, pero no por eso el resto fracasó: simplemente lo intentó y no alcanzó.

Ahora bien, esto no tiene nada que ver con la necesaria exigencia del hincha; las tribunas tienen que demostrar su malestar, pedir que el equipo lo represente; la historia de nuestro club marca un camino claro y no tiene porqué modificarse; quién mejor que Gallardo para decodificar el gen riverplatense; quién mejor que nosotros para entender que cuando los recursos son nobles hay que apoyar el proceso que siempre termina premiando el trabajo; quien mejor que el plantel, aun desmantelado, para demostrar que cuando la cabeza no puede más, el corazón empuja y el las revanchas no están hechas para los que fracasaron, sino para los que siguen intentando.

Sobre el autor

Ignacio Rocca


Director River al Toque. Casi Licenciado en Comunicación (UBA). Primero socio, después hincha y también periodista del más grande. Mendigo del buen fútbol.

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