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| Messi no se cansó de intentarlo, se cansó de nosotros |

Messi es la solución, pero también parte del problema. Su absoluta dependencia, la falta de rebeldía de los entrenadores (salvo Sabella, por momentos) y esa idea reinante de armar un equipo entorno a su genialidad, más que un equipo que sepa contener y explotar esa genialidad conspiró para cortar la maldición. Messi renuncia porque se cansó de tener que justificar lo evidente: ser el mejor del mundo. Su maldición fue haber nacido en Argentina, luego de Maradona, y en una sociedad que busca compararlos en cada acción, de un pibe tímido a una figura tan grande que trasciende lo deportivo y se convirtió en un ícono que nos define culturalmente.

Messi fue criado en el Barcelona a fuego lento, todos sabían de su potencial y lo moldearon para que no sintiera el paso a paso hasta llegar al Camp Nou. Se lo rodeó de los mejores, hasta encontrar un rol determinante en el mejor equipo del que se tenga memoria. Un equipo que ganó todo, pero que sabía a lo que jugaba desde el central, hasta el delantero. Las funciones eran claras, el juego brotaba por todos los rincones y Messi no tenía más que explotar sus cualidades únicas.

En Argentina, Messi fue tirado a jugar un amistoso sin público, en la Paternal, de apuro, porque se lo quería llevar España. Desde ahí, a los tropiezos, su paso por la selección lo marcó para siempre como el responsable de todo lo bueno, y además, por esa necesidad de ver fracasar al que nunca lo hace y para sentirnos menos miserables con nuestras vidas llenas de frustraciones silenciosas que no se transmiten las veinticuatro horas del día, culpable de todo lo malo.

Abandonar tras un fracaso no debe ser tomado como el mensaje que Messi deja a los pibes; sino más bien la intolerancia de una sociedad mediocre, resultadista, sin conciencia de sus sistemáticos errores y que no cuestiona su consumo nocivo: el de un sistema de periodistas sin capacidad de crítica alguna, alcahuete, que vive de sobres, y sobre todo que jamás fracasa, no porque no pueda, sino porque nunca lo intentó.

La potencial renuncia a la selección ayudará a visualizar una realidad: qué hacer después de Messi. Como no supimos qué hacer con Messi, pensemos el después y acá es donde ojalá venga un entrenador serio que no escuche tanto a los referentes, que no arme un vestuario de amigos, sino un equipo que aun con falencias sepa a qué jugar. Cuando tengamos eso, cuando no lamentemos convocatorias fallidas, cuando vuelva el concepto de equipo, Messi podrá volver a ponerse la diez para llenarnos los ojos de fútbol.
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I El fin de un ciclo, el comienzo de otro I

Por Lucas Ochoa

Muchos hinchas de River, entre ayer y hoy (algunos desde hace tiempo), están hablando de un fin de ciclo. No se refieren al de Gallardo como entrenador, sino al de un River que supo ser ganador, y que en poco tiempo ganó mucho. Ese mismo River que nos permitió soñar, ilusionarnos como hacía mucho no lo hacíamos y que nos hizo saborear la gloria en América.

Barovero y Vangioni se van a mitad de año. Se sumarán a Teo, Ramiro, Sánchez, Rojas, Pezella, Kranevitter, Cavenaghi, entre otros. Es decir, la base del multicampeón de América y campeón también de la argentina de la mano de Ramón ya es un recuerdo. Y por suerte dejó su marca en la historia del fútbol y del club.

Le eliminación en los octavos de final de la Copa Libertadores en manos de Independiente del Valle, un humilde equipo ecuatoriano, fue el pitazo final. Hasta ahí llegó ese River, o lo que quedaba de él. Fueron los últimos resabios de una caída cantada, obvia.

Hay que remontarse casi un año atrás para recordar la última gran función de ese gran plantel que formaba y jugaba de memoria: fue un 27 de mayo de 2015 en Belo Horizonte, Brasil. Ese noche América eligió a su campeón. River aplastaba 3 a 0 al Cruzeiro y avanzaba de esa forma a la semifinal de la Libertadores. Ese misma noche, simbólicamente, River ganó la copa. Con Barovero; Mercado, Maidana, Funes Mori, Vangioni; Sánchez, Kranevitter, Ponzio, Rojas; Teo y Mora. ¿Te suena?

Luego vino el parate por Copa América y River ya no volvió a ser el mismo. Ganó, formalmente y por amor propio, la Libertadores ante Tigres. Pero los nombres, el funcionamiento y el estirpe se consagró esa noche en el Estadio Mineirão. Luego de ahí, ya nada volvió a ser lo mismo. Obnubilados por el viaje a Japón, descuidaos lo futbolístico. La inercia aún duraba, pero alcanzó solo para la Suruga Bank. No alcanzó para repetir en la Sudamericana, y mucho menos frente al Barcelona en Japón.

La falencia más grande fueron los refuerzos. Algunos rindieron, pero otros tantos no. Estos últimos no hacían más que hacernos extrañar a los que ya no estaban, caer en una inevitable e ingenua comparación. Se mostró autocrítica por parte de la dirigencia y el cuerpo técnico. Pero llegó el momento de hacerse cargo y repensar ese tema. Y ocuparse. Obvio, a veces las cosas salen, y otras veces no. Con el diario del lunes todo el más claro. Pero llegó el momento de aprender de eso, y aplicarlo.

River supo correr a 300 km por hora. Se llevó puesto a cuál rival se le cruzaba. Eliminó a Boca no una, sino dos veces por copas en menos de seis meses. Fue el campeón vigente, e histórico, de todas las competencias continentales. Pero de a poco comenzó a trastabillar, a perder el equilibrio hasta que cayó desplomado en la tarde/noche de ayer en el Monumental. Todo lo que vendrá, será nuevo. Otra etapa, que ya nada tendrá que ver (por suerte) con el pasado. Nos hizo mal creer que Bertolo tenía que ser Sánchez, que el Pity debía hacer los relevos como Rojas, Domingo adueñarse del mediocampo como Kranevitter, y Viudez rendir como lo hizo Teo.

Todo comenzó con Ramón. Lo potenció el Muñeco. Pero desde agosto del 2015 que el árbol nos tapó el bosque. ¿La buena noticia? Se aproxima un mercado de pases. Debe ser tomado como una final del mundo. Hay que desprenderse de los que no rindieron, y comprar jerarquía. Sólo de esa forma, River volverá a ser River. Ese mismo que vimos. Queda la Recopa Sudamericana, un título internacional más a tan solo dos partidos de distancia. Queda la Copa Argentina, con el boleto a la Copa Libertadores 2017 como incentivo supremo. Y el torneo local (de formato aún incierto), como escenario ideal para volver a darle forma a una idea, a un concepto, a un estirpe. Allí comenzó todo de la mano de Ramón en 2014. ¿Por qué no hacerlo de nuevo, pero de una mano conocida como la del Muñeco?
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